Han pasado cuatro décadas desde que el país presenció uno de los capítulos más dolorosos de su historia: la toma y retoma del Palacio de Justicia. El 6 y 7 de noviembre de 1985, en pleno corazón de Bogotá, la violencia silenció la voz de magistrados, empleados judiciales, visitantes y miembros de la Fuerza Pública.
Lo que comenzó como una incursión armada del M-19 terminó convertido en un holocausto, con más de 100 víctimas fatales y 11 personas desaparecidas.

El fuego consumió el edificio y con él se llevó documentos, expedientes y esperanzas. Pero también encendió una llama que, 40 años después, sigue viva en la memoria de un país que aún busca respuestas.

Familiares de las víctimas, organizaciones de derechos humanos y sobrevivientes han dedicado su vida a mantener encendida esa luz de verdad. En actos simbólicos, ofrendas florales y espacios de reflexión, hoy Colombia rinde homenaje a quienes perdieron la vida entre las llamas y el silencio.
“El Palacio ardió, pero la memoria no puede apagarse”, expresa una sobreviviente, quien recuerda entre lágrimas el caos y el miedo de aquellos dos días.
El Holocausto del Palacio de Justicia no solo dejó un edificio en ruinas, sino también una profunda herida en la historia del país. Una herida que, aunque el tiempo ha intentado cerrar, sigue recordando la fragilidad de la justicia y la importancia de la memoria colectiva.