La Alcaldía de Medellín, junto al Sistema de Información para la Seguridad y la Convivencia (SISC), publicó un informe con corte al 22 de julio de 2025 en el que se revela un aumento del 25% en los h••micidios ocurridos en la ciudad, en comparación con el mismo periodo del año anterior.
El dato por sí solo es alarmante: 193 personas asesinadas en lo que va del año, frente a 154 en 2024. Pero lo más inquietante es que estas cifras no están siendo acompañadas por una reflexión profunda desde lo institucional sobre lo que esto significa más allá de las estadísticas. Porque lo que está ocurriendo en Medellín no es solo un problema de criminalidad: es una crisis emocional y humana que está siendo ignorada.
El 90% de las víctimas han sido hombres.
Los casos de presuntos feminicidios aumentaron un 100%, pasando de 3 a 6.
Y lo más grave: la salud mental de las comunidades sigue sin ser prioridad en la agenda pública.
¿De qué sirve reforzar la seguridad con operativos si no se refuerza el tejido emocional de los territorios más golpeados por la desigualdad y la exclusión? ¿De qué sirve contar los h••micidios si no estamos dispuestos a contar también las causas estructurales que los originan?
La violencia no es espontánea. Se construye —día tras día— en hogares atravesados por el abandono, en jóvenes expuestos al reclutamiento criminal, en mujeres que viven relaciones afectivas atravesadas por el miedo, en barrios que nunca han sido escuchados.
La ciudad está gritando desde hace tiempo. Y no solo con cifras. Está gritando con duelos colectivos no elaborados, con trastornos de ansiedad invisibles, con adolescentes que no encuentran contención emocional, con hombres que canalizan el dolor con agresión, con mujeres que siguen muriendo en nombre del «amor».
Las instituciones, sin embargo, siguen apostando a un modelo de seguridad basado casi exclusivamente en la reacción policial y el conteo de víctimas, mientras los sistemas de salud mental comunitaria son débiles, escasos o inexistentes. No hay suficientes psicólogos en los colegios. No hay acompañamiento emocional real para las familias víctimas de violencia. No hay programas que desactiven el dolor antes de que se convierta en rabia.
Medellín no necesita solo cámaras, patrullas o cifras de comparación. Necesita una apuesta por la vida desde lo emocional. Una política pública que entienda que la violencia no solo se combate con seguridad, sino con empatía, prevención, redes de cuidado y escucha activa. Porque cada h••micidio también es un síntoma. Y cada muerte evitada puede ser una historia de sanación colectiva.