En varias zonas de Haití, especialmente en comunidades rurales del noroeste y en barrios empobrecidos de Puerto Príncipe, la población ha recurrido a una práctica desesperada: preparar “galletas de barro” —una mezcla de tierra arcillosa, agua, sal y aceite— para calmar el hambre.

Estas galletas, conocidas localmente como “bonbon tè”, no aportan nutrientes, pero sirven para engañar al cuerpo cuando no hay alimentos disponibles. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) y agencias humanitarias han advertido que más de 5.4 millones de personas en Haití padecen inseguridad alimentaria severa, y al menos 6.000 podrían enfrentar hambruna en los próximos meses, según reportes de AP News y Reuters.

El fenómeno no es nuevo, pero ha resurgido con fuerza ante el colapso económico, la violencia de las pandillas y el bloqueo de vías que impide la llegada de alimentos a muchas regiones. Las madres suelen renunciar a su porción de comida para que sus hijos puedan comer, y las familias se ven obligadas a sobrevivir con lo poco que consiguen.

Organizaciones locales e internacionales han pedido apoyo urgente para enfrentar la emergencia alimentaria, señalando que Haití vive una de las crisis más graves del hemisferio occidental. Más allá del hambre, este drama expone el desequilibrio global: mientras en algunos países se desperdician toneladas de comida, en otros, las personas comen tierra para sobrevivir.

Una realidad que duele, conmueve y nos recuerda que la compasión también es una forma de justicia.