El Carnaval de Negros y Blancos de Pasto, la fiesta más importante del suroccidente colombiano y Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, desarrolla su más reciente edición dejando un sabor agridulce entre sus protagonistas. A pesar de la majestuosidad de las carrozas que desfilaron por la senda, los maestros artesanos han alzado la voz sobre una realidad preocupante: desde el punto de vista financiero, ganar el festival es, paradójicamente, un negocio deficitario.
Una inversión que supera los premios
Para los creadores de las monumentales carrozas, la competencia por el primer lugar no solo exige talento y meses de desvelo, sino una capacidad económica cada vez más difícil de sostener. Según el balance entregado por varios colectivos, la construcción de una carroza de primer nivel requiere una inversión que oscila entre los 90 y 130 millones de pesos.
Estos costos incluyen la contratación de equipos especializados (escultores, soldadores y pintores), además del uso de materiales cuyos precios se han disparado, como el poliestireno expandido, las resinas y las estructuras mecánicas.
Sin embargo, el choque con la realidad ocurre al momento de la premiación. El galardón para el primer puesto en la categoría de carrozas se sitúa cerca de los 45 millones de pesos. Al hacer un ejercicio contable simple, un artesano que invierta 110 millones de pesos y obtenga el máximo reconocimiento, se enfrenta a un déficit de más de 60 millones, sin contar que los puestos inferiores reciben sumas significativamente menores que no alcanzan a cubrir ni una cuarta parte de lo gastado.
«Ganar es perder un poco»
La frase se ha vuelto común en los talleres de la ciudad de Pasto. Los maestros manifiestan que los aportes iniciales otorgados por Corpocarnaval (el llamado apoyo a la creación) son apenas un incentivo que no alcanza a solventar la logística base. Muchos de ellos terminan el festival con deudas bancarias o dependiendo de patrocinios privados que son escasos para el nivel de gasto que exige la competencia.
«Trabajamos por el honor y por el aplauso de nuestra gente, pero nuestras familias no viven de aplausos», comentaron algunos creadores, enfatizando que el modelo actual pone en riesgo la sostenibilidad de la tradición a largo plazo.
El Carnaval de Pasto sobrevive hoy gracias a la resiliencia y la pasión desmedida de sus artesanos, quienes subsidian con su propio patrimonio el espectáculo que atrae a miles de turistas. Si bien el valor cultural de las obras es incalculable, el balance financiero es insostenible. Existe una necesidad urgente de revisar las tablas de premios y los apoyos estatales, pues, de lo contrario, el brillo de las carrozas monumentales podría apagarse ante la imposibilidad de los maestros para seguir costeando su propia gloria.