La mayoría de los brasileños están cansados de tener que votar prácticamente por los mismos candidatos que, aunque en polos ideológicos, comparten señalamientos de desinformación y corrupción. Pero, este domingo, lo volverán a tener que hacer cuando acudan a las urnas para elegir entre el actual presidente, el izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, y el senador Flávio Bolsonaro, de 45, hijo del expresidente condenado a 27 años por golpismo.
“Esta es una elección de rechazo al campo opuesto, no de esperanza por algo nuevo o mejor. Ninguna de las fuerzas puede presentarse como una novedad: Lula gobierna el país por tercera vez y Flávio representa una corriente que ya estuvo en el poder de 2019 a 2022”, afirma Daniel Bramatti, editor de Estadão Verifica.
Los sondeos de los cerca de 158 millones de votantes habilitados muestran a Lula con una ligera ventaja de unos cinco puntos -técnicamente empatados, por lo que vaticinan que la Presidencia se decidirá en una segunda vuelta dentro de tres semanas.
Para Ana Evangelista Mauad, experta brasileña y profesora de la Universidad Javeriana, el resultado abrirá dos caminos opuestos: “De llegar Bolsonaro, inmediatamente va a haber un alineamiento muy intenso con Estados Unidos. Brasil asumirá el compromiso del Escudo de las Américas y todas las iniciativas de abrir el mercado brasileño para la explotación de tierras raras. Si gana Lula, va a seguir intentando negociar la reducción de los aranceles sin adherirse. Ahí podremos ver incluso un acercamiento con China, no necesariamente por una visión ideológica alineada, sino porque es la alternativa posible para buscar financiación y mercados”, sostiene.
Y es que la política exterior, tradicionalmente ajena a las campañas brasileñas, se instaló en esta. Donald Trump que dijo el jueves seguir “muy de cerca” los resultados, impuso aranceles punitivos a productos brasileños y sancionó a jueces y otros funcionarios.
“Si gana Lula, Washington seguirá recurriendo a amenazas y aranceles selectivos, sus “instrumentos permanentes de negociación coercitiva” para frenar los lazos con China, prevé Regiane Bressan, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal de São Paulo, al destacar que EE. UU. es el segundo socio comercial de Brasil, detrás de China. Con Flávio, habría un alineamiento con Washington, “al menos discursivo”, dice Bressan.
Pero cualquier alejamiento comercial de Pekín chocaría con “un veto inmediato” del poderoso sector del agronegocio, aliado del derechista, pero que tiene como principal cliente al país asiático.
En campaña, Lula enarboló la bandera de la soberanía ante lo que denunció como el intervencionismo de Trump, después de que aspirantes de derecha apoyados por él se impusieran en las presidenciales de Chile, Colombia y Perú. “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”, lanzó el izquierdista en plena Asamblea General de la ONU hace dos semanas. Y si bien, hasta ahora Trump no apoyó explícitamente al hijo de su aliado Jair Bolsonaro, no ha disimulado su preferencia cuando incluso recibió al senador este año en un encuentro privado en la Casa Blanca.
Lula, que hizo campaña con el sombrero panamá que lleva desde que sufrió cáncer de piel, dice estar más en forma que nunca. Su tercer mandato no consecutivo se cierra con un desempleo en mínimos, una inflación bajo control, pero a la vez una economía que se desacelera y una inseguridad rampante.
En un intento de desempatar los sondeos, hizo guiños a las clases populares: subió la dotación de su programa de asistencia social Bolsa Familia y prohibió las apuestas en línea, una lacra que endeuda a millones de brasileños. “Sin querer idolatrar, es uno de los mayores presidentes que tuvo este país”, dice Israel Gomes, administrador de un hotel en Brasilia, frente a un retrato de un joven Lula. Pero el izquierdista nunca se sacudió la etiqueta de ladrón, tras la condena por corrupción que lo llevó a la cárcel en 2018 antes de que fuera anulada por motivos de forma.
“Sigo indeciso. Porque la corrupción es tan descarada. Es difícil”, afirma por su parte Joel da Silva, un celador en Rio de Janeiro que ya votó por ambas opciones en elecciones pasadas.